Sí bien hablar de vinos es como hablar de la vida y el criterio de
que es lo mejor tiene mucho de subjetivo y emocional, cada cual disfruta según sus referencias culturales y
sobre todo del momento.
Llevo dándole vueltas hablando con amigos, sobre cuál es la identidad del terruño y de
cuánto tiene de importancia la intervención humana en el viñedo, podría poner
como modelo los vinos de José Luis Mateo y seguramente no abría debate ya que
lo que él consigue con sus elaboraciones en Monterrei, no lo logra nadie.
La idea no es criticar a nadie,
sólo faltaba, es simplemente que haya diálogo y despejar algunas cuestiones
sobre la identidad. Nos situamos en la región histórica del Ribeiro, es obvio que
cada finca es un mundo tanto por condiciones de suelo, clima y filosofía del
viticultor.
Por ejemplo los indiscutibles vinos blancos de Luis Anxo Rodríguez
y el gran Issué 2009 del viticultor de estilo libre Bernardo
Estévez, siguiendo por lo que se está proyectando en Rioboó en la bodega de Iago Garrido, son creaciones que
no tienen similitud con nada de lo que se haya elaborado antes, labriegos que
escapan de hacer vinos homologados que seguramente hasta el catador más
experimentado le sería difícil situarlos como vinos blancos del Ribeiro, por eso hago esta reflexión.
Estas interpretaciones ponen en duda la desgastada frase de “este
vino es el reflejo de mi finca”,
demostrando que el término de la identidad puede ser algo confuso y
demuestra que cada identidad tiene mucho
de subjetivo ó de reconstruido quizás para vender un presente.
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Rioboó finca Augalevada |
En los prolongados encuentros con Bernardo y Iago sobre sus vinos, todas sus explicaciones se
sostienen en el viñedo, en la forma de trabajar y de interpretar su lugar, el clima
y la lentitud, siempre poniendo el acento en la palabra principio. Mucho no
aclara mi reflexión, quizás esta histórica comarca aún esté en un comienzo de
mostrar su diversidad y sobre todo el gran potencial que se oculta entre sus
viñedos, paisajes, ríos y gentes.