martes, 11 de abril de 2017

Colores, tierra y cielo

En la soledad del paisaje el viento adormece las viñas, desde el cielo desciende el río Támega que revela el tiempo. Sobre la frontera, lugares  anónimos que renacen cuando un ser místico los camina.
Viñedos que se mueren para volver a nacer en forma de frutos. Uvas con memoria que se transforman  en vino para narrar su lugar y  desaparecer  en silencio.

sábado, 8 de abril de 2017

Viñatero de Los Andes

En el mítico restaurante el Portalón de Marbella,  con una carta de 1.500 referencias, cada vino seleccionado tenía que  transmitir su paisaje y contar la historia de su creador.

Para conocer esas historias mínimas siempre estábamos viajando, buscando vinos de productores singulares. Vinos que capturan esa sustancia natural que tiene cada rincón y que los seres humanos no vemos y se nos hace inalcanzable de percibir. Una especie de ocultismo mágico, que nos va conectando  con la forma  de vivir y de interpretar el  lugar  que tiene cada agricultor. 

De visita en San Rafael  Mendoza estuve en varias bodegas, pero no encontraba nada emocionante, me faltaba profundidad. Por suerte en un paraje perdido de Salto de Las Rosas, distrito de Cañada Seca, conocí a Jorge Eustaquio Mansalve, un  agricultor que ha dedicado  toda su vida al arte de cultivar uvas.

De trato muy  cordial,  con enormes pausas al hablar, me revela  que es empleado en  una bodega de empresarios españoles haciendo las labores de la finca. Cuando comienza a soltarse, me cuenta  que él es propietario de una finca de 1 hectárea de viñedo, de la cual una parte de la uva la malvende y con la otra elabora un vino en su casa para su consumo, duda si sus uvas son de  Barbera  o Bonarda, le da igual entiende que la cepa es un medio para expresar el terruño.


Tímidamente me dice que le gustaría que probase su vino aunque me avisa que los técnicos de la bodega en la que trabaja le dijeron que carece de calidad ya que le falta alcohol, 12  grados es muy poco. Continúa comentando con humildad que él hace el vino que se ha hecho siempre  y el que le gusta a él, expresa mientras descorcha unas botellas.
Lo pruebo lentamente y lo primero que me sale es decirle que  parece  un vino del Jura un Poulsard, impaciente me pregunta “¿te gusta?” emocionado le digo: “sí qué bueno”, “así son los grandes vinos  finos de Europa  de regiones como Borgoña Francia, Ribeira Sacra España, vinos fáciles de beber con gran estructura y finura”.

La historia no termina ahí, meses después recibo un mensaje en el  que Jorge  me cuenta que la uva de la cosecha 2015 no  la va a malvender y que va a crear su propia bodega, su nombre es Tierra Fructífera. La primera cosecha que comercializó la  vendió  rápidamente  a turistas y a restaurantes de Buenos Aires aunque por suerte reservó unas botellas  de su vino “Nuestra Plenitud” para enviarme a España.

Es obvio que Jorge con una producción de 3.000 botellas de vino no se va a hacer rico. Su actitud y su finca ponen en valor el rural y no es tan sólo el gesto de qué  sus uvas no terminen homologadas en alguna macro bodega sino que además dignifica el vino del viñatero (Patero)  que para los nostálgicos es la grandeza de lo cotidiano.